Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
Esta estrofa muestra cómo denunciaba el recordado Blas de Otero la amargura con la que vivían los españoles de no hace tanto, los terribles años de posguerra bajo el yugo fascista, con la palabra como arma irreductible e inagotable, para combatirlo y desterrarlo.
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